Destacados

Agotados, pero en alerta.

 

Cuando el día termina, pero el cuerpo no consigue bajar la guardia.

Claudia espera todo el día el momento de llegar a casa. Piensa que, cuando por fin se siente en el sofá, podrá descansar. Sin embargo, apenas se acomoda, recuerda un mensaje que no respondió, una cuenta pendiente y lo que debe resolver mañana. Se levanta, busca el teléfono y vuelve a ocuparse de algo.

A Marcos le ocurre algo parecido, aunque nadie lo diría al verlo. Termina sus responsabilidades, cena con su familia y se acuesta a una hora razonable. Pero le cuesta conciliar el sueño, cualquier sonido lo interrumpe, una pregunta sencilla lo irrita y, aun en sus días libres, siente que tiene que estar pendiente de todo.

Claudia y Marcos tienen algo en común: están cansados, pero no consiguen sentirse en reposo.

Quizá te reconoces en ellos: cumples con tus obligaciones, resuelves lo que aparece y sigues adelante. Desde afuera, todo parece estar bajo control, por dentro, en cambio, estás agotado y cuando llega el momento de detenerte, no sabes cómo hacerlo.

¿Por qué seguimos acelerados cuando ya terminó el día?

Nuestro sistema nervioso tiene una función esencial: ayudarnos a responder a lo que exige atención. Ante una dificultad, el organismo moviliza energía; aumenta la vigilancia y nos prepara para actuar. Es una respuesta natural y necesaria.

Después, cuando la situación pasa, necesitamos recuperar la calma.

Pero si vivimos durante mucho tiempo entre preocupaciones, conflictos, exigencias y responsabilidades que nunca parecen terminar, esa transición puede volverse difícil. Aunque ya estemos en casa, nuestro cuerpo continúa reaccionando como si todavía quedara algo urgente por resolver.

Por eso podemos sentir los hombros tensos mientras vemos televisión, revisar el teléfono sin necesidad o despertar pensando en todo lo que falta. No siempre somos conscientes de esa tensión porque nos hemos acostumbrado a vivir con ella.

El problema no es tener días difíciles, es que la sensación de urgencia termine acompañándonos incluso en los momentos tranquilos.

Cuando detenernos también resulta incómodo

Pensemos en un domingo sin compromisos. Por primera vez en la semana, tienes unas horas para ti, podrías leer, conversar, salir a caminar o simplemente no hacer nada.

Sin embargo, mientras intentas disfrutarlo, aparece una idea: Debería aprovechar el tiempo. Recuerdas alguna tarea pendiente y decides adelantarla, al final del día hiciste muchas cosas, pero sigues sintiéndote igual.

Aquí hay una diferencia importante: disponer de tiempo libre no garantiza que podamos aprovecharlo para recuperarnos.

Para algunas personas, la actividad constante se ha convertido en una costumbre. Otras sienten que deben estar disponibles para todos o que, si bajan la guardia, algo saldrá mal. Entonces se mantienen ocupadas no solo por lo que tienen que hacer, sino por la incomodidad que aparece cuando dejan de hacerlo.

Y así comienza un círculo difícil: cuanto más agotadas están, más necesitan descansar; cuanto más intentan detenerse, más inquietas se sienten.

Volver a encontrar momentos de calma

No se trata de obligarnos a relajarnos, la tranquilidad tampoco llega por repetirnos que todo está bien mientras continuamos viviendo al límite.

Podemos comenzar con algo más sencillo: prestar atención a las señales que solemos ignorar. ¿En qué momento del día aprietas la mandíbula? ¿Cuándo empiezas a respirar más rápido? ¿Qué haces apenas tienes cinco minutos libres?

Observar estas respuestas nos permite reconocer cuándo necesitamos una pausa, antes de llegar al agotamiento.

También ayuda distinguir lo urgente de lo que puede esperar. Dejar un mensaje para mañana, cerrar el trabajo a cierta hora, caminar sin mirar el teléfono o dedicar unos minutos a una actividad agradable son maneras concretas de interrumpir la exigencia continua.

Al principio, detenerse puede resultar incómodo, no significa que estés haciendo algo mal. Aprender otra forma de vivir requiere práctica, especialmente si llevas años asociando estar ocupado con ser responsable.

Cuando el cansancio, el insomnio o la irritabilidad persisten, conviene buscar una valoración profesional: también pueden estar relacionados con dificultades del sueño, ansiedad, depresión o condiciones físicas que necesitan atención.

La psicoterapia puede ayudarnos a comprender qué mantiene esa sensación de urgencia y a desarrollar recursos para recuperar el equilibrio.

No tenemos que esperar a estar completamente exhaustos para escucharnos.

El bienestar emocional también se construye cuando aprendemos a trabajar sin abandonarnos, a atender a otros sin olvidarnos de nosotros mismos y a terminar el día sin sentir que todavía le debemos algo al mundo. Porque vivir no debería sentirse como una emergencia que nunca termina.

@psicologa_heidy.ubeda | +505 7683 3661 | psicologaheidyubeda.com

Cambiando mentes, renovando vidas.

Comentarios

Entradas populares