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Cuando la batalla termina

 

Voy a contarte algunas historias para ver si te identificas con ellas.

Jamás me olvidaré de una paciente que un día me dijo: “Creo que pasé años corriendo de mi pasado.”

Corría varios kilómetros y durante mucho tiempo aquello había formado parte importante de su vida. No era que correr estuviera mal. Lo que empezó a comprender fue la función emocional que también había tenido para ella: mantenerse en movimiento, descargar, no detenerse demasiado frente a aquello que dolía.

Hoy otra paciente me la recordó. Me decía que últimamente ya no sentía las mismas ganas de pasar dos horas en el gimnasio. Y eso empezaba a preocuparle, “¿Será que me estoy desmotivando?”

Al explorar un poco más, descubrimos que el gimnasio seguía siendo algo saludable para ella, pero durante mucho tiempo también había funcionado como un espacio de escape, no tenía que dejarlo, la diferencia era que ahora podía elegir.

Ir si quería. Y si un día prefería descansar, caminar, leer, compartir con alguien o simplemente quedarse en casa, podía hacerlo sin juzgarse.

Le propuse observar dos lugares internos muy distintos: “debo, tengo que, debería” y “quiero, deseo, valoro, esto me hace sentir viva”.

Otra paciente había construido cinco negocios prósperos. Era capaz de sostenerlos, pero cuando avanzó en su proceso comenzó a preguntarse cuál de todos realmente quería conservar.

La respuesta fue su pastelería, era el lugar donde se sentía creativa, conectada y viva, y empezó a soltar los demás. No porque hubiera perdido capacidad, sino porque ya no necesitaba vivir de la misma manera.

Estas historias tienen algo en común. Cuando avanzamos en un proceso de sanación, algunas cosas que antes disfrutábamos, perseguíamos o considerábamos indispensables pueden empezar a perder sentido y eso puede asustarnos.

Podemos pensar que estamos retrocediendo, que perdimos disciplina o que nos estamos volviendo menos ambiciosos.

Pero no siempre es así, aveces lo que cambia no es nuestra capacidad, es el lugar interno desde donde estábamos viviendo.

A lo largo de nuestra historia vamos formando una opinión inconsciente sobre nosotros mismos. Muchas veces esa opinión se construye alrededor de creencias como: no soy suficiente, no soy capaz, no soy valioso, no merezco, no pertenezco o no soy digno de amor.

Estas creencias pueden instalarse muy temprano y, al no ser conscientes de ellas, terminan influyendo en muchas de nuestras decisiones.

Podemos convertirnos en personas extremadamente responsables, productivas, complacientes, perfeccionistas o exigentes, podemos necesitar estar ocupados, sobresalir, cuidar de todos, demostrar fortaleza o sostener más de lo necesario. No porque esas conductas sean malas en sí mismas, sino porque muchas veces están organizadas alrededor de una necesidad emocional que no hemos identificado.

Y mientras esa necesidad permanece inconsciente, creemos que simplemente “somos así”. Hasta que empezamos a sanar, entonces algo cambia.

  • La opinión que tenemos sobre nosotros mismos comienza a transformarse.
  • Ya no necesitamos responder siempre desde el miedo a no ser suficientes, no pertenecer o no merecer.

Y cuando cambia nuestro mundo interior, también cambia la forma en que miramos el exterior.

Por eso algunas personas comienzan a preferir otras actividades, quien antes necesitaba intensidad puede empezar a buscar calma, quien llenaba cada espacio de su agenda puede comenzar a disfrutar el silencio, quien se exigía constantemente puede permitirse descansar, quien permanecía en determinados vínculos puede descubrir que ya no quiere relacionarse de la misma manera.

No necesariamente porque esté peor, ssimplemente está empezando a habitarse diferente y ahí aparece una pregunta muy importante:

¿Esto que hago todavía me representa o simplemente fue útil para una versión anterior de mí?

Esta pregunta no pretende invitarnos a abandonar hábitos saludables, responsabilidades o metas, tampoco toda pérdida de interés debe interpretarse como crecimiento.

Cuando existe apatía generalizada, aislamiento, pérdida del placer o un deterioro importante en el funcionamiento, siempre debemos explorar qué está ocurriendo.

Pero hay otro fenómeno que aparece con frecuencia en personas que están avanzando en su proceso terapéutico: su vida empieza a reorganizarse.

  • Cambian sus prioridades.
  • Sus gustos.
  • Establecen  sus límites.
  • Cambian las relaciones que eligen sostener.
  • Incluso pueden cambiar los sueños que persiguen.

Y eso es evolución psicológica y emocional.

Para mí, el bienestar emocional no significa vivir sin dificultades ni sentirse bien todo el tiempo, sino poder estar bien con nosotros mismos y, desde ahí, relacionarnos de una manera más sana con los demás.

Cuando nuestro interior deja de sentirse como un campo de batalla, ya no necesitamos organizar toda nuestra vida alrededor de sobrevivir.

Podemos empezar a elegir desde lo que queremos, valoramos y nos hace sentir vivos.

Tal vez seguiremos corriendo, podemos seguir yendo al gimnasio, quizas seguiremos emprendiendo. Pero ahora con mas libertad  interna en la manera de hacerlo.

Esa es una de las señales más hermosas de haber sanado algo importante: que lo que antes hacíamos por necesidad, ahora podamos elegirlo desde la conciencia.

No porque hayamos perdido nuestra fuerza, sino porque tal vez ya no necesitamos usarla de la misma manera.

Sanar no se ve como avanzar más rápido, sanar es descubrir que podemos dejar de correr.

Porque la batalla, finalmente, terminó.

@psicologa_heidy.ubeda | +505 7683 3661 | psicologaheidyubeda.com

Cambiando mentes, renovando vidas.

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